Por qué las mujeres eligen renunciar a sus trabajos antes de volver a la presencialidad 100%
Son varias las empresas que están exigiendo que sus colaboradores estén más tiempo en las oficinas. El impacto emocional y profesional de esta decisión.
Mientras los informes realizados por consultoras internacionales aseguran que el modelo híbrido de trabajo (ese que te da dos días en casa y te pide que vayas tres a la oficina) sigue siendo el preferido por talentos y el más aceptado por las organizaciones, no son pocas las empresas que exigieron volver a presencialidad total. En este contexto, qué sucede con las mujeres.
En Argentina, según datos del Estudio de Compensaciones y Beneficios de HuCap, en el que participan más de 100 empresas referentes de distintos rubros, el 21% de las compañías evalúa volver a esquemas de presencialidad total o de cuatro días presenciales, en busca de recuperar la colaboración y el sentido de pertenencia que pudo verse afectado con el trabajo remoto.
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“El impacto de exigir la presencialidad afecta a las mujeres por lo evidente, porque son las responsables de las tareas de cuidado, entonces a las que están en el mercado del trabajo y además mantienen los hogares o el cuidado de quién sea, esto las tensiona mucho más porque no habilita el compartir las responsabilidades de la familia y el empleo”, asegura Carolina Villanueva, directora y cofundadora de Grow.
Ahora bien, además de este impacto en lo personal, que es el que resulta más evidente, también hay un correlato en lo profesional. “Las mujeres son quienes están más reticentes a volver a la presencialidad plena y por ende están perdiendo más oportunidades de desarrollo a nivel laboral. Las encuestas señalan que los y las jefas prefieren y recomiendan más a personas que les ven la cara en el día a día, y en este sentido los varones son los que vuelven más”, suma Villanueva.
En los casos en que hay un mandato de vuelta al trabajo presencial, las mujeres son las que tienen mayores restricciones o condicionantes a la hora de conciliar o de encontrar mecanismos para cumplir con ese mandato, y seguir gestionando lo que se conoce como la “doble jornada laboral”, por el desigual reparto de las tareas de cuidado y domésticas no remuneradas.
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